Rewind - Mortadela Rancia
Los ejecutivos no escuchan a Frank Zappa
.doc: Dani Pérez
.jpg: Archivo RosarioRock.com

La conozco de nombre.
De Mortadela Rancia nunca supe nada. Sólo el nombre. Fue una banda que por la edad me pasó de largo. Y también porque hace unos 15 años nos enterábamos todavía menos de la música que sucedía en antros de paredes sudorosas. Porque ni hablar de ponerse un split, eh? Al tiempo, cuando en las conversaciones con otros músicos surgía el nombre de Gonzalo Aloras, muchos hablaban de que era buenísimo y otros no lo soportaban. Vieron cómo son los músicos con esas cuestiones de diferencias estéticas irreconciliables, la mayoría de las veces, más graves que la tercera guerra mundial y el regreso de las riñoneras juntos.
El caso es que el disco solista de Gonzalo no estaba entre mis preferencias (hecho que no significa nada) y su desempeño intachable y muy elogiable como guitarrista estaba al servicio de uno de los grandes solistas del rock nacional, que, todo el que me conoce lo sabe, no está definitivamente dentro de mis preferencias.

A la parrilla.
Así las cosas, me decidí a llamarlo a mi amigo Diego Giordano, reputado periodista local y baterista de la banda que hoy convoca a esta nota, para que me rescate de mi ignorancia. No sólo me rescató, sino que nos comimos un asadazo en una parrilla, sazonando los espíritus con buen vino y una de esas charlas, muy importantísimas, del estado del rock hoy.
Lo que pude extraer fue lo siguiente.

Quién es quién, el juego de las coincidencias.
Aún sin haber escuchado ni una vez el primer y único disco de Mortadela, Ciudad Paranoia (Polygram; 1998) –que Diego muy amablemente me facilitó– me entero que, al igual que Sucesores, Mortadela nace en 1990 en la Dante, con Gonzalo Aloras en guitarra y voz, Lisandro Falcone en bajo y Luciano Rubí, ocupando el puesto del primer baterista. Al igual que en Sucesores, allá por el 96, cuando Lucho Rubí era preceptor de Franco y Fabricio, guitarristas de LSB, en la Dante. Primera coincidencia.
En 1992, por amigos en común, ingresa Diego Giordano, egresa el señor Rubí (hoy de vuelta a los parches en Jirafónica) luego de haber tocado en la banda de rock progresivo, Tierra de nadie. Conserven este dato, que cobra importancia más adelante.
Al poco tiempo, Mortadela debuta en el local entonces conocido como New Tito (Pichuco, Fidel, etc; el bar que está frente al PAMI) despuntando el vicio como un power trío a la Hendrix, con la locura destructiva y aceitosa del Grunge, brindando un show literalmente incendiario. Apenas terminan de tocar los muchachos, comienza una reyerta por un ajuste de cuentas que termina con el boliche en llamas. Ay estos rockeros como se ponen.

El próximo hit del verano.
La primavera del 93 los encontraría esquivando botellas, en un festival de por sí heterogéneo: en la grilla les seguían Los Vándalos, Enanitos Verdes y Pappo! Show del cual quedaría el registro del tema escondido de Ciudad Paranoia, “Zappada”, un instrumental con aires a Livings y a Colours, pero más que nada a negros que piensan de New York. Cuando termina el tema, se escucha la frase “este es el próximo hit del verano”. Como el nombre del segundo disco de Sucesores. Y juro que nunca lo escuché. Ya no se puede inventar nada, dos veces ay!

El gurú de las galletitas.
1993 sería el año en que el productor ejecutivo de Tierra de nadie, aleccionado por Diego, concurre a uno de los shows que cierra Mortadela en el Anfiteatro. Este magnate con fábrica de galletitas en zona sur, decide invertir en la banda y les compra equipos, con la propuesta bajo el brazo de cubrir los costos de la grabación del primer disco.
Manos a la obra, en 1994 ingresan al Big Audio de la calle Maipú, comandado por Jorge Llonch (sí, es el mismo) para grabar un repertorio nuevo que Gonzalo preparó y se terminó de cocinar con la banda en la sala de ensayo entre el 92 y el 94.
Todos comen y beben, cuando el mozo llega con la adición (abultada, no cualquiera grababa un disco entonces), el productor había desaparecido como un ninja en una nube de humo. El master de Ciudad Paranoia y los equipos flamantes fueron retenidos por el estudio hasta nuevo aviso; inclusive se barajó la venta de un Taunus amarillo, propiedad de la madre de Gonzalo. En eso coincidimos todos: las madres siempre quisieron salvar al rock.

Che, está el contrato en la puerta...
Por un lapso breve, Llonch entra como manager de la banda y les consigue un contacto con Fernando Moya, manager de Fito Páez, quien haría el puente para la edición del disco, en 1998, cuatro años después, a través de Polygram. Para ese entonces la banda ya había trabajado sobre temas nuevos, se había cansado de versionar los “viejos”, habían sido la banda de Coki antes de Mi Parrillada, había ingresado Adrián Schinoff en teclados y comenzaban a surgir las divergencias puertas adentro: Gonzalo dando un golpe de timón en lo estilístico y Diego más enganchado con Letras y el periodismo. El disco fue directo al cajón. Diego se va a fines del 98 y entra el DJ Nico Purman, en su faceta menos conocida de baterista, dejando en el camino a Simple, banda de mi amigo Andrés Mantelo, hoy en el colectivo PX.

Decile que pase.
Más tardar el año 2000 fue el fin de Mortadela como proyecto. Gonzalo, convocado por Páez un año antes para ser guitarrista estable de su banda, se convierte en uno de sus apadrinados y se muda a la gran capital. Atrás quedaría la música compactada en aquel primer disco, que atravesaba tanto a Hendrix como a Prince, tanto a Dylan como a Living Colour. Y aquí se terminan las coincidencias (para qué pecar de necios) pues ya me hubiera gustado tener con Sucesores un primer disco maduro y de tan buena calidad como Ciudad..., o como el de los Boys, o el primero de los Vándalos, o Cómo me gusta. En fin, peor es casarse.