Edificios que rockean
Donde hubo rock…
.doc: Pablo Alfonso
.jpg: Gustavo Villordo & Gastón Valdez
“¿Ves ahí, donde está ese edificio con la planta sobre la pared blanca del frente? Ahí, ahí”, señala insistentemente Pablo para lograr identificar el sitio. “En ese lugar había un bar, no sé bien cómo se llamaba pero sí me acuerdo que esa noche tocamos para unas cien personas, porque más no entraban, y todavía hoy puedo decir que fue uno de los mejores shows que me tocó vivir”. Ese seguramente haya sido otro pequeño escenario que ya no existe y que formara parte del viejo entorno de divisiones inferiores (en ciertos casos, de reserva) del rock local.
La ciudad creció mucho –sobre todo para arriba– en estos últimos años. Al caminar sus calles, fácilmente se puede notar que en diversos espacios en donde antes se divisaba una pequeña casa, un bar o lo que fuere, ahora se impone un moderno edificio (en la mayoría de los casos) de alrededor de diez pisos, que no hace más que dar muestras concretas de que el mundo come soja… mucha soja.
Así surgió este breve recorrido. Una visita a todos esos lugares que hace años eran parte obligada en el circuito de escenarios de Rosario y que sólo se mantienen vigentes en la memoria de algunos músicos, como así también de aquellos personajes que hacían de estos sitios (del under) un segundo hogar.
El arte de la propiedad horizontal
Tal vez el primer terreno que marcó esta desaparición de las tablas, los porrones, las luces bajas y todo lo vinculado con una noche de rock, para transformarse en propiedades horizontales de vivienda fue La Rockería (anteriormente Puerto Blest, para los memoriosos). Sobre la avenida Wheelwright, entre España e Italia, ahora puede observarse una seguidilla de edificios con vista al río y parecería difícil distinguir la ubicación exacta de aquel espacio por donde pasaron casi todas las bandas locales que en la actualidad copan la parada nacional, más algunas leyendas del rock grande de Argentina como Vox Dei o Pappo. Casi llegando a calle España aparece un bar en el medio de tantas paredes altas y el recuerdo se hace inevitable cada vez que se transita por allí. Pero mucho dista de lo que era esa entrada por la antigua puerta de madera, el clásico olor a humedad, los arcos que separaban la pista de los baños, o el patio que en tiempos de calor parecía ser el mejor lugar para estar escuchando música y tomando algo con amigos.
Muy similar es la situación en otra avenida. Pellegrini al 300, a pocos metros de Ayacucho. Sobre la mano par, seducido por la proximidad de la Facultad de Ingeniería, primero hubo un “intento” de bar para estudiantes. Como reza la ley de éstos, nunca pagarán más de diez pesos el plato de comida entre “horas muertas”; con lo que las alternativas debieron inclinarse hacia otra clientela. De a poco se fueron acercando bandas y los shows de Scraps, Dios Salve a la Reina y Mancha de Rolando, serán recordados por unas 200 personas que coparon Sarlanga, como casi todos los fines de semana. Su escenario cambiaba notoriamente de ubicación, en un interior extraño por la amplitud de tribus que lo frecuentaban y que en poco tiempo se convirtió en parada obligada de importantes bandas. Pero con la misma rapidez que cobró relevancia, se cerró, se vendió y mutó. Un paso voraz, de paredes amarillas con inscripciones de graffitis a la sobriedad del blanco con amplios ventanales y el clásico toque de algún arquitecto conservador.
Aunque –todavía– no puede juzgarse a ningún profesional por lo que va a ser la próxima edificación de Tucumán y avenida Belgrano. La famosa esquina de La Cueva (último nombre Animal Rock, pero también conocido como El Barrilito) actualmente es un pozo que bien puede representar la sensación de vacío que queda al pasar por la zona y notar que esas paredes han sido derrumbadas. No hace falta enumerar viejas presentaciones o describir al detalle lo que era uno de los lugares más representativos de la movida en la noche rockera de Rosario. Es que ahí se gestaron grupos, amistades, ideas, y una considerable cantidad de gente que hoy por hoy “dirige” el concepto del rock local, vivió muchas horas dentro de esa ochava. El subsuelo fue visitado por innumerables músicos e hizo que la frase “para tocar, hay que empezar desde abajo”, cobrara un real sentido. Por momentos, acaso para los que no conozcan el significado de este clásico reducto, llegó a decirse que tocar en La Cueva era motivo de consideración dentro de un amplio contexto musical. Algo así como quienes agregan a su currículum que tocaron en un trascendente escenario de la ciudad. Sin dudas, una gran pérdida, sustentada por la sobrevalorización del terreno y su proximidad a la ribera. Habrá que pasar dentro de pocos meses y conformarse con otra de las tantas obras de la moderna y eficaz industria de la construcción.
¡Mozo, otro tema!
No todos los bares rockeros se pasaron para el lado “vivienda”. Algunos de esos sitios a los que se hace mención, en estos días se pueblan de gente que se sienta a disfrutar un plato de comida, en el amplio menú de posibilidades gastronómicas.
Un buen asado se puede comer en Brown y Pueyrredón. En esa misma esquina, durante unos cuantos años estuvo Chicago Blues, que resalta como una leyenda del palo. Las famosas zapadas de los jueves juntaban a muchísimos músicos de la ciudad; el blues y el rock habían encontrado un espacio ideal que brillaba todos los fines de semana con distintas expresiones del género. Ahí mismo, Deacon Jones se presentó junto a Botafogo y su banda en una fría noche ante un buen número de gente que en gran parte, debido a la escasa dimensión del local, lo escuchó de afuera. Tras el fallecimiento de su dueño, nada sería igual y rápidamente sus persianas se bajaron para siempre. Luego, cuando la esquina recobraba vida con una mano de pintura, muchos ansiaban que un “salvador” recuperara la mística de la ochava. Pero no. Pasó a ser un restaurante, y después otro. Ahora sólo la arquitectura externa mantiene vivo el sonido de esas noches de acordes y notas “tristes”.
En el mismo rubro cárnico se encuentra lo que supo ser una de las tantas ubicaciones de Indian Pub, zona de reunión de motoqueros. Las continuas mudanzas pasearon el ambiente con olor a cuero por diferentes locales y recién en el 2006 encontró una buena plaza en la atmósfera céntrica. Antes, entre tantas escalas, en Pellegrini 971 se vivieron emocionantes noches de rock que le dieron un papel significativo dentro de un circuito de shows que incluyeron presentaciones de grandes bandas y que luego sería consecuencia de ese imponente galpón sobre Oroño (entre Jujuy y Brown), que pintaba para transformarse en histórico, aunque pocos fueron los días en esas tierras.
Durante un tiempo, la esquina de Corrientes y Tucumán ofrecía un menú de pizza libre que convocaba multitudes. Entre los varios consumidores de muzzarellas, pocos debían saber que en ese inmenso local, años atrás, existía un mítico sitio rockero, de nombre Montoya. Hoy devenido en un negocio de venta de muebles, el espíritu de los años 90 se mantiene intacto al pasar por esa ochava y ver que la estructura (y su estirpe) sigue siendo la misma.
Patrimonio histórico
Así como el municipio obliga a ciertos contratistas a conservar determinadas fachadas, parecería que algunos de estos recintos por donde alguna vez se escuchó música en vivo también reciben ese tratamiento respetuoso.
Por citar rápidamente algunos habría que mencionar a los de escasas líneas atrás y luego empezar por La Puerta. En Entre Ríos al 600 hay un local vacío, pero en su momento recibió al mismísimo Luis Salinas en su primera presentación “bajo techo” en esta ciudad que tanto significa para este gran guitarrista.
No hay que dejar afuera a Vicente López, Mitre entre Urquiza y Tucumán, en cuyo escenario supo estar Bersuit (en épocas en que Vergarabat formaba parte del nombre y su identidad musical distaba significativamente de la actual); o Federico T –Wheelwright al 2700–, primer estandarte de la revolución musical rosarina.
Uno de los íconos de esas paredes que siguen en pie, es Zeppelin. Pegado al hueco de lo que fue La Cueva, están –tapadas por paneles de chapa– las paredes que desembocaban en un subsuelo que pasó de boliche de moda a transformarse en un ambiente donde se vibraba con el sonido in vitro. Si bien el nombre deambuló por distintas ubicaciones geográficas (incluso predecesor de La Rockería, en el citado lugar que arranca este informe), para lo que estaba acostumbrado el rock rosarino, ese subsuelo fue distinto al resto. No sólo por su dimensión y su exclusiva locación, sino por salirse de los parámetros conocidos en una época en que los estándares parecían no tener matices para el desvarío.
Esa cuadra supo ser la vedette de una década. Porque al lado de Zeppelin, los paneles presentes cubren igualmente el acceso –de manos de otra escalera descendente– a lo que fue Morrison. Histórico e intocable en el recuerdo, las noches cobraron un real sentido rockero en tiempos donde transitar por ese sitio era no menos que una simple parada nocturna. Un dato inolvidable: Die Toten Hosen tocó allí
Pero seguramente, más allá de todo lo que pueda decirse de una estructura edilicia, el más importante a nivel movida y por todo lo que significó como expresión cultural, fue el Galpón Okupa de Wheelwright y España. En el presente, La Casa del Tango “ocupó” un espacio que hace poco menos de diez años fuera elegido como representante de una particular cultura que se desarrolló a nivel mundial y que –al día– continúa en ciertas metrópolis. Aquí, entre “ocupantes”, artistas y demás, sonó Catupecu Machu en vivo.
Todo tiene un final
Y así la lista podría seguir durante varias horas. O varias páginas, en este caso. En el ejercicio de la memoria, habrá quienes vayan a encontrar un recóndito escenario por el cual pasaron varias bandas que ahora sólo volverían a esas latitudes a modo de homenaje. Está claro que resultaría imposible nombrarlos a todos, y no faltará el fanático que refutará alguno de los mencionados en párrafos anteriores para darle cabida a su preferido.
Más allá de supuestos, hay que decir que este constante movimiento de locales, que generó esta nota de cierto carácter historiador, se sitúa dentro de la realidad de la escena actual y deriva los pensamientos hacia un determinado momento y lugar, en algún show, en un tema en particular, debatiéndose en la presencia (o no) de lo que será parte de la historia de la vida musical de Rosario. Como es sabido, y quizás citando a algún filósofo nocturno de esos ambientes exiguos, sólo el tiempo aclarará estas cuestiones.
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