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Shelby. La mecha está encendida
.doc: Tomás Monteverde
.jpg: Gustavo Villordo
El mundo del reggae, al menos por estas latitudes, no es el mismo desde hace algunos años a esta parte. El género musical, y en muchas ocasiones su mochila de credos y costumbres, se ha vuelto objeto de consumo a gran escala. En cualquier bar, en su mayoría los más cool, ese ritmo que popularizó Bob Marley ocupa un lugar que nunca antes había tenido, ganando adeptos día tras día (o mejor dicho, noche tras noche).
En este marco, la proliferación de bandas que rinden culto al hipnótico ritmo jamaiquino es un fenómeno comparable con aquellos años, al parecer ya pasados, de apogeo de bandas rolingas. Dentro de esta nebulosa, y producto de ese semillero eterno que es la movida musical de Rosario, emerge un nuevo nombre: Shelby.
La historia de su formación parece salida de un manual: dos amigos de la infancia (Juan Pablo “Sapo” Bustamente, guitarra, y Mariano Arévalo, voz) que se juntan a “rasguñar” algunos temas con la guitarra; un hermano menor (Alejandro Arévalo) que “siempre le estaba pegando a las ollas” se les une, y un primo (“Tote” Gauna) que toma las cuatro cuerdas para terminar de cerrar la formación inicial.
De esta manera, para el 2005, la banda ya estaba conformada y bautizada. Una conexión mental, sólo posible entre hermanos, hizo del nombre de un auto, el Shelby, la mejor forma de llamar a eso que en los ensayos sonaba a un reggae poco ortodoxo y que se mezclaba con las raíces rockeras de sus integrantes.
Pero el manual tenía preparado otro capítulo fundamental para el grupo. Nada menos que el segundo Bob Marley Day que se realizó en la ciudad, posibilitó el inesperado encuentro con Jorge Torri (teclados y PC). Con él, y el posterior ingreso de Nacho Mandingorra en los teclados, el grupo comenzaría a transitar el camino del reggae más puro, consolidando a la vez, su sonido propio.
Influenciados sustancialmente por bandas argentinas como Nonpalidece y las leyendas del estilo, Bob Marley y Gregory Isaacs, la banda también deja el oído abierto a artistas de otro género, como Andrés Calamaro. Allí, en ese encuentro, el grupo descubre su sello distintivo y también su fortaleza: hacer canciones. El reggae y la canción, dos términos que podrían llegar a verse antagónicos, se fusionan de forma terriblemente atractiva materializándose en suaves armonías y melodías.
Pero hay más en la fórmula Shelby. Un ingrediente fundamental que no entiende de talento o virtuosidad y excede lo estrictamente musical: el trabajo. Esta “familia” (como gustan autodenominarse) es fruto del esfuerzo y la perseverancia, no sólo dentro de la sala de ensayo, sino también fuera de ésta. Fletes, supermercados y talleres mecánicos, entre otros, contienen (y sostienen) una parte fundamental del grupo, que se vuelve filosofía de vida al momento de resolver los acertijos que plantea componer o arreglar un tema.
Todos estos componentes de la banda (el trabajo, la música, las influencias, la perseverancia, en fin… la familia) se encontraron en una fecha que a pesar de la poca distancia se puede entender como bisagra en la corta vida de Shelby: el show junto a Dread Mar I. Una apuesta muy arriesgada se convirtió en un ritual de 500 personas disfrutando y conectándose a más no poder mediante ese lenguaje llamado reggae. Ese lenguaje que les permite a los seis músicos decir todo lo que de otra forma no podrían. Cada uno aportando lo suyo, sin ponerse por encima de los otros, brindándose de lleno al conjunto para que la familia sea cada vez más grande.
Dentro de sus letras, con el mensaje de paz y fraternidad que caracteriza al género, se puede oír hablar de “una bomba a punto de estallar”. Jugando a descontextualizar la frase, y entendiendo la juventud de la banda, no podemos saber con certeza si Shelby es realmente esa bomba que está apunto de explotar. Lo que sí es seguro es que, al menos, la mecha está encendida.
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