Cine - David Lynch
Imágenes para interpretarnos
.doc: Leandro Arteaga
"Decididamente no soy cantante pero, en el mundo digital, con tantas artefactos y tanta ayuda, empecé a cantar. Es un experimento emocionante. Voy a hacer un álbum de blues.”
"Yo me siento inspirado cuando miro Ocho y medio, La strada o Sunset Boulevard, que me conmueve el alma”. – David Lynch
No vamos a repasar la filmografía y/o biografía de David Lynch (1946). Más fácil es encontrar los datos en Internet. Lo que sí vamos a hacer es intentar adentrarnos, desde el más caprichoso itinerario, en territorio lyncheano.
Y puesto que son varios los escribas de R de Rock! que admiran a Lynch, valdrán la pena el periplo y el delirio.
“Un pequeño acontecimiento puede convertirse en la más bella o la más horrible de las historias”.
David Lynch es una oreja rebanada.
La que se descubre ante el espectador encantado por las imágenes iniciales de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986). Hermosas y en rallenti, con bomberos que saludan al pasar, sin incendios que apagar, mientras el agua riega jardines y las segadoras cortan el césped. Pero la oreja está allí. Entre el césped. Cortada por alguien. Arrancada a alguien.
A partir de allí la trama detectivesca, la historia de amor, la pesadilla. Para terminar con pajaritos cantando, la felicidad recuperada, el misterio resuelto y –otra vez– un bichito negro en el piquito del pajarito cantor.
Qué es la oreja, qué es el bichito, qué es lo que dice el enano de Twin Peaks… qué importa. Porque aún cuando podamos encontrar, en algunos de sus films, una estructura más o menos clara, en Lynch el relato se construye desde la sumatoria de imágenes, desde su yuxtaposición. Desde lo que el propio director entiende como intuición. A ella somete al espectador. La intuición como guía. Sin ella no hay sueño. Tampoco cine. Es por ella que Terciopelo azul se vuelve nuestra pesadilla o nuestro sueño mejor.
¿Recuerdan el capítulo piloto de Twin Peaks (1990)? ¿Cuando la madre de Laura Palmer percibe la suerte fatal de su hija? Son unos pocos segundos. De angustia, de tiempo detenido. Terrible. Como cuando soñamos correr y no avanzamos ¿Nunca les pasó, dormidos o despiertos, vivir segundos como momentos interminables?
“Como una nube malvada que flota en el aire y te indica de manera confusa que en esa casa algo anda mal. Hay gente adulta, todo parece normal, pero sentís que hay algo escondido, que en la casa reina un cierto malestar subterráneo que los que viven ahí no quieren que los demás vean...”.
La reunión de productor y director del film (dentro del film que es Mulholland Dr. -2001-) se tensa cuando el primero se apresta a tomar el café espresso, su exigencia habitual, ante el semblante de horror del sirviente que espera. Pequeñez que nos sitúa al borde de la butaca.
Maldad latente. Pero también desprecio por conceptos maniqueos. En El hombre elefante (1980) predomina la respiración repugnante de John Merrick (John Hurt). Jadeante, babosa, carnal. Contrapunto que nos obliga a la toma de decisión moral, a adentrarnos –primera persona mediante– en el respirar mismo del personaje. A ser como él. A inhalar su ternura. Nada hay aquí de lo que supondría una traslación biográfica anodina y estúpida (como Shakespeare apasionado, como Una mente brillante). Sino blanco y negro, expresionismo, freaks, y dirección fotográfica de Freddie Francis (artesano del mejor cine inglés de terror).
“Entendemos todo, lo que pasa es que es difícil expresarlo en palabras”.
Luego del film nos acompañará, para siempre, la angustia existencial de Merrick. Tan inexplicable y hermosa como las lágrimas que guardan los ojos de Richard Farnsworth y Harry Dean Stanton sobre el desenlace de Una historia sencilla (1999). Nada más preciado que reencontrar al hermano perdido en el tiempo.
“La casa a la que me mudé quedaba frente a la morgue, al lado de Pop's Diner. El área tenía un ambiente grandioso –fábricas, humo, autopistas, diners, los personajes más extraños, las noches más oscuras–. La gente tenía historias cinceladas en sus rostros, y yo veía imágenes vívidas –cortinas de plástico sostenidas con curitas, harapos rellenando ventanas rotas– mientras atravesaba la morgue camino a un negocio de hamburguesas.”
Lynch es también pintor. Francis Bacon y Edward Hopper son dos de sus artistas amados. Desde los cuales podemos adentrarnos tanto en el extrañamiento del bar nocturno como en el territorio vasto e interno de sus personajes. Quietud que guarda imágenes escabrosas. El tiempo que ya no funciona. El espacio que no guarda coherencia.
“Cada uno debe tener su propia interpretación. Y es que ni yo mismo cuando filmo sé exactamente cómo voy a proseguir. Tengo la impresión de que la película me transporta a donde ella quiere ir, casi como si tuviese vida propia.”
El detalle de la púa que raya el disco de Imperio (2006), como si fuese la imagen veloz de una carretera que se desplaza, mientras una mujer observa con lágrimas la imagen borrosa de un televisor, donde se entremezclan escenas familiares de conejos humanos, como una mueca absurda, la misma que sabrá aparecer oportunamente, con rostro payasesco, capaz de desarticular los conceptos de alegría, de tristeza, de vida, de muerte. Estar dormido o estar despierto. ¿A quién le importa cuando es el otro lado del espejo el territorio que hemos decidido atravesar?
No habrá, para el espectador, mejor manera de acercarse a David Lynch que desde su costado más desguarnecido. No hay que prever nada. Sólo animarse a ser trasladado a otro lado, otro lugar, otra dimensión. Atroz y surreal. Animarse, en suma, a mirar a través del ojo de una cerradura interna. Llave que Lynch nos ofrece para, eso sí, arrojar luego a un lugar inencontrable.
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